Con motivo del Día de la Mujer Médica, celebrado el 11 de febrero, participé en un artículo de Redacción Médica dedicado a analizar la evolución de la equidad de género en nuestro sistema sanitario y los retos que todavía tenemos por delante.
En los últimos años hemos avanzado de forma importante en el conocimiento de las diferencias biológicas y de la influencia de los factores de género en la salud. Existe una mayor conciencia profesional, contamos con más evidencia científica que incorpora la perspectiva de género y las instituciones están comenzando a integrar esta mirada en protocolos, guías clínicas y procesos asistenciales. En este artículo, abordo su impacto en la práctica asistencial, la investigación y las organizaciones sanitarias.
Sin embargo, que hayamos avanzado no significa que el problema esté resuelto. Todavía existen sesgos que debemos identificar y corregir.
Los sesgos pueden seguir presentes en muchos ámbitos: en la relación entre médico y paciente, en la forma de diseñar determinados procesos asistenciales, en la investigación, en el liderazgo de los equipos o en la toma de decisiones dentro de las organizaciones.
Muchas veces estos sesgos no son intencionados. En parte, proceden de modelos de formación, investigación y toma de decisiones que durante décadas han utilizado al varón como referencia predominante. Por eso considero especialmente importante que hoy seamos capaces de identificarlos: cuando un sesgo deja de ser invisible, podemos empezar a corregirlo.

En el artículo destaco tres ámbitos en los que estamos observando avances especialmente relevantes: la formación, la investigación y la organización sanitaria. Cada vez se presta más atención a las diferencias biológicas y de género, se desagregan los resultados de investigación por sexo y se incorpora con mayor frecuencia la perspectiva de las pacientes al diseñar protocolos y procesos.
Para mí, uno de los cambios más importantes ha sido comprender que el sesgo de género no es únicamente una cuestión ética o social. Incorporar de manera adecuada la perspectiva de género a la investigación, las guías y los procesos clínicos nos ayuda a tomar mejores decisiones y a ofrecer una atención más precisa y segura.
La equidad también afecta al desarrollo profesional: las oportunidades de formación, responsabilidad y liderazgo dentro de las organizaciones. No basta con reconocer los avances; debemos convertirlos en cambios reales y sostenidos. Aunque hoy encontramos más mujeres en puestos de responsabilidad, todavía debemos avanzar en la igualdad de oportunidades para acceder al liderazgo, favorecer una conciliación real y evitar que determinadas cargas profesionales continúen teniendo un impacto desigual.
Soy optimista respecto al futuro. El cambio cultural necesita tiempo, pero ya hemos iniciado una transformación difícil de revertir. Aun así, creo que necesitamos más ambición para acelerar su implantación efectiva y conseguir que estos avances formen parte de la práctica cotidiana de nuestras organizaciones sanitarias.
En definitiva, la igualdad es una cuestión de justicia, pero también de calidad asistencial. Una medicina que identifica sus sesgos y aprende a corregirlos responde mejor a las necesidades de las personas.
Puedes leer el artículo completo en Redacción Médica, publicado el 11 de febrero de 2026.




